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¿Hasta que la muerte nos separe o hasta que el dinero nos separe?

Se dice que “cuando el dinero se va por la puerta, el amor se escapa por la ventana”. Y no es solo una frase hecha: diversos estudios señalan que cerca de una de cada tres rupturas de pareja tiene su origen en conflictos económicos.

A día de hoy, la llamada infidelidad financiera es uno de los males silenciosos de la vida moderna. Puede desgastar un matrimonio con la misma intensidad que una traición amorosa, ya que supone una falta de honestidad que destruye la base de confianza sobre la que se construye la convivencia.

Esta forma de engaño se manifiesta cuando uno de los miembros de la pareja oculta información relevante sobre su situación económica, manipula datos o miente respecto a sus ingresos, deudas o gastos. No se trata de comprar algo sin avisar, sino de mantener una doble vida financiera: abrir cuentas bancarias sin que lo sepa el otro, ocultar préstamos, realizar inversiones arriesgadas sin consultar o incluso desviar dinero hacia terceros o relaciones paralelas.

La raíz del problema suele encontrarse en la ausencia de transparencia dentro del hogar. Lo que llama la atención es que, incluso las parejas con un nivel de vida elevado, no están exentas. En muchos casos, el dinero sigue siendo un tema incómodo del que casi no se habla antes de formalizar una relación, lo que deja abierta la puerta a futuros conflictos. En otros, uno de los cónyuges asume todo el control de las finanzas familiares, generando una dinámica desigual, a veces desencadenando en engaños financieros.

A menudo, estas conductas no nacen de la mala fe, sino del miedo o la vergüenza. Sin embargo, la ocultación solo posterga el conflicto y multiplica el sentimiento de traición cuando la verdad sale a la luz.

Desde el punto de vista jurídico, la infidelidad financiera puede tener consecuencias serias. El Código Civil español impone a los cónyuges el deber de actuar con lealtad y transparencia en materia patrimonial, y prevé la posibilidad de disolver la sociedad de gananciales si uno de ellos realiza actos fraudulentos o pone en riesgo los derechos del otro.

Durante un proceso de separación o divorcio, cualquier intento de ocultar bienes termina revelándose en la fase de inventario, dentro de la liquidación de la sociedad de gananciales.

En los casos más graves, estas prácticas pueden cruzar la frontera del derecho civil y adentrarse en el terreno penal. Cuando se esconden activos con la intención de evitar que el otro reciba su parte, podría configurarse un delito de alzamiento de bienes, con consecuencias legales y fiscales.

La transparencia económica, por tanto, no es solo una cuestión ética o moral, sino una obligación jurídica dentro del matrimonio. Los tribunales de familia consideran que ocultar ingresos o patrimonio constituye una forma de administración desleal, circunstancia que puede influir directamente en el reparto de bienes y en la fijación de pensiones alimenticias o compensatorias.

En última instancia, la mejor defensa contra todo ello es la prevención. La comunicación clara y la gestión conjunta del dinero fortalecen la confianza y evitan que los problemas económicos se conviertan en causa de ruptura. Muchas crisis matrimoniales podrían evitarse si las parejas aprendieran a hablar de dinero con la misma naturalidad con la que hablan de amor.

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